
Durante las últimas semanas, el mundo entero ha vibrado con uno de los espectáculos deportivos más esperados: el Campeonato Mundial de Fútbol. Este certamen ha marcado un gran precedente en términos competitivos, debido al gran número de equipos participantes -que asciende a 48 países-, lo que evidencia el alcance global de esta disciplina deportiva. Ahora que se acerca la final, y pronto conoceremos al próximo campeón en medio de expectativas y emociones, es importante preguntarse: ¿cuáles son los beneficios de la realización de estos eventos más allá de la competencia deportiva? ¿qué aprendizajes nos deja para el desarrollo de nuestras sociedades?
En primer lugar, la realización de estos eventos genera recursos a los países organizadores. Se estiman ganancias de aproximadamente US$ 8,3 billones, asociados a la provisión de bienes y servicios, generación de empleo y recaudación por concepto de entradas, productos de merchandising y servicios turísticos. Estas actividades entregan también alternativas de esparcimiento y recreación a los ciudadanos, así como mejoras en los índices de seguridad. Si bien estos beneficios no son repartidos equitativamente entre los organizadores, se espera, en general, un balance positivo.
En segundo lugar, estas instancias contribuyen a la unidad nacional y afianzan la hermandad y solidaridad entre países, lo que reduce la distancia social. Un ejemplo de ello es el apoyo y solidaridad entregados a la selección de Cabo Verde, cuya economía, de acuerdo con datos del Banco Mundial, presenta el segundo PIB per cápita más bajo entre los países participantes (US$ 12.250). Sentimientos similares han surgido hacia la selección de Noruega, que se ubica al otro extremo de la distribución, con el segundo PIB per cápita más alto entre los países participantes (US$ 115.545). En ausencia de este certamen, es muy poco probable que hubiéramos puesto nuestra mirada en estos países.
En tercer lugar, el mundial de fútbol contribuye a la generación de externalidades positivas en distintas sociedades, incluso en países no participantes. En Chile, por ejemplo, la pasión por el mundial despertó gran interés entre niños y adultos, quienes han encontrado en completar el álbum un objetivo común, desplegando iniciativas (como la “cambiatón”) para materializar este objetivo. Instancias de este tipo demuestran que iniciativas ciudadanas pueden contribuir a la solución de problemas sociales en forma descentralizada.
Es preciso resaltar que algunos de estos beneficios tienen una naturaleza temporal. La cohesión social comienza a disiparse desde el momento en que la selección ganadora regresa a su país y los reflectores comienzan a apuntar hacia otras direcciones. Asimismo, se comienzan a reactivar las tensiones geopolíticas, y todo el capital generado enfrenta un riesgo de pérdida. ¿Qué podemos hacer para capitalizar estos aprendizajes? Identificar objetivos comunes acerca a las sociedades, fortalece las relaciones interpersonales y la confianza institucional, aspectos vinculados a la formación de capital social, que explica el desarrollo de los países.
Marcela Jaime Torres



