¿Por qué no debemos temer a la tecnología?

Cuentan que en los años 20 del siglo pasado, el ingeniero Charles Steinmetz fue llamado para reparar una enorme turbina en la planta automovilística de Henry Ford. Tras días de observación y cálculos, Steinmetz subió por una escalera y marcó con una tiza el lugar exacto que debía ser intervenido y explicó la forma de hacerlo. Al recibir una factura por mil dólares, Henry Ford, sorprendido, pidió el detalle. La respuesta de  Steinmetz se volvió leyenda: «Por la marca de tiza: 1 dólar. Por saber dónde hacerla: 999 dólares. Total: 1000 dólares.”

Durante décadas, el pilar del mundo laboral ha sido el valor del ojo experto, de esa red de entendimiento que un profesional construye tras años de especialización y práctica. Sin embargo, la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) está cambiando drásticamente las reglas de este juego de «saber dónde marcar», ya que ha democratizado ese conocimiento técnico de una forma que años atrás parecía ciencia ficción. Lo que antes requería una década de experiencia para ser diagnosticado hoy puede ser procesado por un algoritmo avanzado en cuestión de meses, días o incluso segundos.

Esta capacidad extrema de procesar volúmenes masivos de datos pone en una posición incómoda a aquellos puestos de trabajo cuya única ventaja competitiva era el acceso o el manejo de información compleja. En el ecosistema de las empresas modernas, aquellos roles que no logren demostrar un valor añadido más allá del procesamiento de datos corren el riesgo de volverse obsoletos ante sistemas que no necesitan descansar y que aprenden de forma exponencial.

¿Significa esto el fin del experto? No necesariamente, pero sí una transformación obligatoria. La historia nos ofrece consuelo y, sobre todo, perspectiva. Pensemos en las antiguas telefonistas que conectaban cables manualmente para permitir una comunicación. Su oficio desapareció en unos 20 años, pero en su lugar nacieron miles de empleos para técnicos en mantenimiento, reparación y diseño de redes digitales. La necesidad de comunicación no murió; simplemente cambió la herramienta y el nivel de especialización requerido.

Es aquí donde entra en juego nuestra resiliencia. En momentos de profunda incertidumbre, la clave del éxito no radica en resistirse al cambio con miedo, sino en tener la agudeza para ver en esta transformación una oportunidad sin precedentes para evolucionar. Ser resiliente hoy significa entender que, si una máquina puede ejecutar la parte mecánica o analítica de nuestro trabajo, nosotros quedamos en disposición de enfocarnos en lo que nos hace verdaderamente humanos: la creatividad, la ética, la empatía y el juicio crítico.

Estamos en un punto de inflexión histórico. Cualquier persona tiene a su alcance una cantidad casi infinita de información y herramientas que pueden analizarla. El desafío para profesionales y estudiantes no es competir en velocidad con el algoritmo, sino liderar el cambio. Si la IA ahora nos entrega la «marca de tiza» casi sin costo, nuestro nuevo reto será identificar qué grandes problemas queremos resolver con ella y cómo dirigir esa potencia hacia el bien común. El futuro no pertenece a quienes temen a la tecnología, sino a quienes tienen la claridad y la curiosidad para aprender a caminar junto a ella.

Jorge Torres Fuentes

Comparte esta publicación