
La adopción de la Inteligencia Artificial (IA) por parte de los estudiantes universitarios ha sido más rápida que la de cualquier otra tecnología. Según la encuesta 2025 del Higher Education Policy Institute (Reino Unido), su uso entre universitarios pasó del 66% en 2024 al 92% en 2025. En Chile la tendencia es similar. La Encuesta Única de Admisión 2025 de la Universidad de Chile indica que el 81% de los estudiantes de primer año ya utiliza estas herramientas. Ya es tarde para discutir sobre si debe permitir o no; lo relevante es qué efectos tiene su uso y cómo orientarlo.
Un estudio del Media Lab del MIT (2025), comparó la actividad cerebral de estudiantes que redactaban ensayos sin apoyo tecnológico, con aquellos que usan IA generativa. Estos últimos mostraron una menor conectividad neuronal y el 83% no pudo citar frase alguna de su propio ensayo minutos después de terminarlo. El equipo llamó a este fenómeno «deuda cognitiva» y lo definió cómo el costo de delegar el esfuerzo de pensar en una herramienta externa. Ethan Mollick, profesor de la Universidad de Pensilvania, lo resume así: «los estudiantes que usan la IA como muleta o bastón no aprenden a caminar con confianza».
Restringir la tecnología es la reacción intuitiva, pero inviable, ya que hoy su dominio es una competencia profesional básica. El Informe sobre el Futuro del Empleo 2025 del Foro Económico Mundial que el 39% de las competencias actuales quedarán obsoletas hacia el 2030, sino también que el 86% de las empresas prevé que la IA transforme la forma en que operan los negocios. La digitalización empresarial es el punto de partida, no la meta. Esta transformación es un esfuerzo constante, ya que las propuestas de valor quedan obsoletas con rapidez y las ventajas competitivas para la sobrevivencia empresarial deben renovarse. Un profesional que no incorpore la IA a su productividad personal estará en desventaja.
Frente a esto cabe preguntarse si esta herramienta, indispensable para el futuro laboral, podría, al mismo tiempo, debilitar las capacidades que se exigirán. La formación profesional no se limita al dominio de técnicas ni al uso eficiente de herramientas digitales. Ser profesional implica desarrollar conocimientos especializados, criterio para analizar problemas, capacidad para tomar decisiones fundamentadas y responsabilidad respecto de sus consecuencias. Todo esto puede ser fortalecido por la IA, pero también debilitarlo cuando sustituye el razonamiento, la búsqueda de evidencia y la elaboración personal de respuestas.
El mercado laboral confirma lo anterior. Las empresas no requieren únicamente capacidad tecnológica, sino profesionales que comprendan los problemas, formulen preguntas pertinentes, evalúen críticamente la información y propongan soluciones viables. De hecho, el informe citado identifica el pensamiento analítico como la habilidad más demandada. En consecuencia, el desafío educativo no consiste simplemente en incorporar la IA al aula, sino evitar que su uso sustituya el aprendizaje, obstaculice la maduración del criterio y debilite el juicio profesional. Un profesional competente no es quien obtiene una respuesta automática, sino quien posee la capacidad de verificarla, cuestionarla, ponderarla, confrontarla al contexto, contrastar con los recursos o restricciones disponibles y asumir la responsabilidad de la decisión final. Enseñar esa diferencia es la tarea que la docencia no puede postergar.
Víctor Díaz López



