
Las redes sociales han difuminado la frontera entre realidad y representación. Fotografías, videos y publicaciones compiten por nuestra atención y sobreviven aquellas que generan más clics, más comentarios y más compartidos. El problema es que terminamos confundiendo visibilidad con relevancia. Entonces, si algo aparece mucho, asumimos que es importante, y si una imagen es atractiva, pensamos que representa la verdad.
La conversación y los memes que se generaron en torno a tres jóvenes rescatados en un refugio en el Cajón del Maipo es una muestra de este fenómeno. Sus perfiles digitales construyeron una percepción que luego se alejó de la realidad. Lo anterior sirve para entender cómo consumimos hoy, ya que el mismo mecanismo que utilizamos para juzgar a las personas es el que utilizamos para elegir libros, películas, destinos turísticos o restaurantes.
Las redes sociales no solo están cambiando la manera en que vemos el mundo, también están transformando la forma en que las industrias identifican, producen y comercializan aquello que consumimos. Ya no elegimos un restaurante por su comida, sino por cómo luce en Instagram. No escuchamos una canción porque un crítico la recomienda, sino porque se volvió viral en TikTok. Y tampoco leemos un libro porque un editor apueste por él, sino porque los algoritmos identifican qué temáticas tienen más probabilidades de captar nuestra atención.
En este contexto, el libro Código Bestseller de los investigadores Jodie Archer y Matthew Jockers resulta especialmente revelador. Tras analizar alrededor de 20.000 novelas mediante técnicas de minería de textos e inteligencia artificial, los autores sostienen que los grandes éxitos editoriales comparten patrones identificables que pueden detectarse algorítmicamente. Según Archer y Jockers, variables como el lenguaje utilizado, la estructura narrativa, los temas y la construcción de los personajes también pueden medirse y predecirse.
De este modo, surge la pregunta incómoda respecto de los algoritmos: ¿están aprendiendo a identificar lo que los lectores desean o las industrias culturales están aprendiendo a producir aquello que los algoritmos premian?Tal vez la diferencia entre ambas cosas sea menor de lo que nos gustaría admitir, sin embargo, sería un error concluir que estamos frente a una degradación de la cultura. La historia es bastante más compleja porque, algoritmo mediante o no, nunca tantas personas habían hablado de libros como ahora. Durante años escuchamos que los jóvenes habían abandonado la lectura, pero tal vez no habían dejado de leer; habían dejado de escuchar a quienes les decían qué debían leer. La recomendación ya no proviene exclusivamente de un profesor, un crítico o un suplemento literario, surge de una comunidad de lectores que comparte entusiasmo, emociones y experiencias de lectura en formatos que resultan cercanos para nuevas generaciones.
Lo importante es recordar que una imagen no alcanza para explicar una persona, ni una portada para resumir un libro, ni un algoritmo para capturar por completo lo que nos conmueve. Las redes sociales han ampliado el acceso a historias, lecturas y experiencias que antes permanecían fuera de nuestro alcance, pero también nos recuerdan que entre la representación y la realidad siempre existe una distancia. El desafío no es eliminar esa distancia, sino recordar que una imagen, por atractiva que sea, es apenas el comienzo de una historia.
Paola Zerega Tallia



