
Durante mucho tiempo las normativas laborales contemplaban solamente los riesgos de salud física de los trabajadores. Por tanto, elementos como cascos, guantes, zapatos de seguridad o señaléticas y protocolos de seguridad parecían suficientes para proteger a las personas. Sin embargo, hoy sabemos que existe un riesgo igual de importante y muchas veces invisible y es el que afecta la salud mental.
Todos hemos conocido a alguien que llega a su casa agotado, no por el esfuerzo físico, sino porque trabaja bajo presión constante, recibe malos tratos, no tiene apoyo de su jefatura o siente que nunca es suficiente lo que hace. Esa realidad no es una simple incomodidad. Puede transformarse en ansiedad, depresión, agotamiento extremo o incluso en una enfermedad profesional.
En este contexto, hace algunos años que la salud mental dejó de ser un tema privado para convertirse en algo que es de responsabilidad compartida. Las empresas tienen el deber de prevenir ambientes laborales dañinos y los trabajadores tienen derecho a desempeñarse en un lugar donde exista respeto, colaboración y buen trato. Así, en nuestro país este cambio ha tomado fuerza con la Ley Karin y con la evaluación de riesgos psicosociales mediante el instrumento CEAL-SM. Aunque los nombres parezcan técnicos, la idea es sencilla: identificar a tiempo aquellas condiciones del trabajo que pueden terminar enfermando a las personas y corregirlas antes de que el problema sea mayor.
No se trata de eliminar las exigencias propias de cualquier empleo. Todo trabajo implica desafíos, pero lo importante es que estos sean razonables y que las personas cuenten con herramientas, apoyo y liderazgo adecuado para enfrentarlos. Un jefe que escucha, organiza bien las tareas y reconoce el esfuerzo de su equipo puede marcar una enorme diferencia.
También se debe entender que un buen clima laboral no significa ausencia de conflictos, sino que estos se resuelven con respeto, que las cargas de trabajo son equilibradas, que existe comunicación y que nadie debe soportar humillaciones o malos tratos como parte de su jornada.
Además, cuidar la salud mental también beneficia a las organizaciones. Un trabajador que se siente escuchado y valorado suele comprometerse más, se ausenta menos, trabaja mejor y contribuye a un ambiente positivo para todos. La prevención no es un gasto, sino una inversión. Por lo tanto, como sociedad debemos dejar atrás la idea de que pedir ayuda es una señal de debilidad. Reconocer que algo no está bien y buscar soluciones demuestra responsabilidad y valentía.
Al final del día, el trabajo debería permitirnos desarrollarnos, no enfermarnos. La prevención comienza con pequeños gestos: escuchar, respetar, dialogar y actuar a tiempo. Porque detrás de cada contrato existe una persona, una familia y una historia que merece ser cuidada. Cuidar la salud mental en el trabajo es cuidar la dignidad humana, fortalecer los equipos y construir organizaciones más sanas, productivas y justas. Prevenir siempre será más humano y más inteligente que lamentar las consecuencias cuando el daño ya está hecho.
Francisco González Godoy



